Periódico

Jornada 26. Real Murcia 3-1 UCAM

Cuando llega la época de la sandía, siempre nos surge la misma duda a la hora de añadir una a nuestro carro de la compra. ¿Cuál cojo de todas las que hay? ¿Estará en su punto? Mientras que las preguntas siempre se repiten, las respuestas pueden ser diferentes. Ya pueden buscar tutoriales en Google, pedir consejo a su frutero de toda la vida, ver vídeos de Youtube… hasta que no coges el cuchillo y empiezas a abrir el melón, la incógnita se mantiene. A veces incluso hasta que no te has echado el primer trozo a la boca, no sabes realmente si has realizado una buena o una mala compra.

Si el Real Murcia fuese una fruta, sería, con toda seguridad, un melón. Porque con el envoltorio es imposible adivinar si el interior va a estar dulce o amargo, si va a estar muy maduro o en su punto. Hay veces que, después de varias jornadas consecutivas, cuando el murcianismo se ha cargado de optimismo, acudes con toda la ilusión del mundo a Nueva Condomina, y de golpe, cuando el melón se abre, te das cuenta que has realizado una mala apuesta. En cambio hay otras que, cuando te esperas lo peor, los de Adrián Hernández se muestran como un equipo para comérselo.

Vive el Real Murcia en una pelea constante entre la depresión y la sobreexcitación. Y ayer, en el derbi capitalino frente al UCAM Murcia en Nueva Condomina, los murcianistas volvieron a lucir su traje de las grandes tardes. Todo le salió de cara a los granas. Y cuando hablo de todo, hablo hasta del propio rival. Porque los universitarios se hicieron el harakiri desde el minuto 1.

Bien es cierto que no llegaba un miura al estadio grana. No puede ser mentira que el UCAM tiene un problemón y grande cuando pasadas 26 jornadas, los universitarios no han dado la talla quitando dos ratos. Por mucho que mires la plantilla y te entre el miedo en el cuerpo por el nivel de sus jugadores, la realidad es bien distinta. En el terreno de juego a los azulones les roban el bocadillo incluso antes de que lo saquen de la mochila. Son unos niños mimados, y se han empeñado en hacerlo tan evidente, que ayer el Real Murcia saltó al terreno de juego con la lección bien aprendida.

No solo eso. Los granas sabían que era un derbi, y cuando huelen esa palabra son como los leones que empiezan a salivar nada más echar el ojo a una manada de gacelas. Y, si faltaban ingredientes a favor de los de Adrián Hernández, apareció Asier Santana. No sé si el técnico universitario quiere recibir pronto la carta de despido, no sé si en cuatro semanas ya se ha cansado de vivir en el Sur, pero su alineación dejó tanto que desear que ni durante un minuto se vio a un UCAM Murcia capaz de incidir en las debilidades de su rival. Hizo tal revoltijo, desde la defensa a la delantera pasando por el centro del campo, que en vez de preparar un partido de fútbol parecía que había preparado un desfile de Carnaval.

El más feliz al ver el planteamiento de Asier Santana debió ser Adrián Hernández. Rafa de Vicente, el jugador con más calidad de toda la plantilla del UCAM y con capacidad para destrozar al centro del campo grana en un pis pas, estaba en el banquillo. El segundo más feliz, por su parte, debió ser Iván Pérez. El lateral murcianista, que parecía condenado a bailar con Mustafá y en pocas casas de apuesta le darían como ganador, no tuvo ni que oler al argelino. El técnico vasco decidió condenar a la media punta a su jugador más rápido y desequilibrante.

Con las piezas en el tablero, el primer trago del derbi capitalino fue muy amargo. Solo la intensidad permitía al Real Murcia sacar un poco la cabeza. Aunque cualquier otro equipo hubiese sido capaz de pintar la cara a un equipo grana sin calidad y con imprecisiones constantes, el UCAM Murcia no estuvo muy dispuesto a ello. Los universitarios son un grupo sin alma que al más mínimo soplido caen. Fue Pedrosa la novedad en el once de los locales y el jugador que en los primeros minutos intentaba poner chispa.

No pudo ser más aburrida la primera media hora. Ningún equipo quería destacar sobre el otro. La mediocridad era muy evidente, pero si hubo un conjunto que mereció irse al descanso con ventaja fue el Real Murcia. Volvió a ganar Adrián Hernández colocando a Armando en el centro del campo, dando libertad a un Juanma Bravo que era como Gulliver y a un Víctor Meseguer que ayer volvió a sentirse bien. Solo faltaba lo de siempre, conectar con Chumbi. Tuvo el gol el aguileño (31′) pero Iricibar se hizo una parada de balonmano para mantener el 0-0. Diez minutos después, Juanma Bravo se estrellaría con el palo.

Entre la falta de gol del Real Murcia y la incomparecencia del UCAM Murcia, daba la sensación que Nueva Condomina viviría un nuevo 0-0. Pero en la segunda parte, los murcianistas se desmelenaron. Leyendo a la perfección el partido, viendo que los universitarios son un equipo sin alma, y apoyándose en Juanma Bravo y Meseguer, encontraron espacios, tiraron de velocidad y, por una vez, tuvieron pegada.

Abría el marcador Víctor Meseguer aprovechando un error de Iricibar; se revolvió Toril en el área para poner el 2-0 cuando el UCAM ya bailaba al ritmo de De Vicente y andaba desesperado tras estrellar dos balones en el palo -la cruceta evitó un golazo de Javi Moreno y el larguero se cruzó en el camino de Mayoral-; y sentenció Dorrio con un misil de francotirador que elevaba a los locales y enterraba a los universitarios. Solo en el minuto 90, como siempre, pudieron maquillar el marcador los visitantes. Fue Javi Moreno el que marcó un golazo que solo sirvió para demostrar que para ganar hace falta algo más que calidad.

Extraído de La Opinión.

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