El arte de sumar.

 

                Decía Martin Luther King en una de sus citas más destacadas: “Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces; pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos”.

A menudo ocurre, que reconocemos las actitudes de desconocidos pero no nos paramos ni siquiera a pensar el esfuerzo del que tenemos al lado. Es frecuente valorar más positivamente  la labor del que apenas conocemos su nombre, antes que la del, como diría mi amigo Sandroni, “criollo”, es decir, el que se ha llenado de valores y actitudes entre nosotros.

Siempre es más gozoso disfrutar la victoria del equipo rival cuando el vencido es tu vecino, que la victoria de este mismo; si en mi peña, la elegida para aspirar a Reina de la Huerta no es la que yo conozco, mejor que la Reina sea de otra peña.

Esa actitud, tan extendida y tan oculta, que yo interpreto de ignorancia supina, no es exclusiva de un Estado, Comunidad o un grupo determinado, sino que se extiende a lo largo y ancho de todas las disciplinas, profesiones, e incluso deportes.

 

En el fútbol en concreto, y visto a través de dos prismas diferentes (primero como jugador, después como entrenador), tal ignorancia desvía al jugador en su tarea primera y única, que no es otra que la de ofrecer su máximo rendimiento en pro del conjunto.

 

Por “aproximación al área”, nunca entendí por qué porteros, con muchos más nexos de unión que de distanciamiento, muestran esa actitud mencionada anteriormente, ya que desde un punto de vista meramente sociológico y de empatía por las circunstancias que les toca vivir juntos no debería ser así.

Pasan largo tiempo entrenando “codo a codo”, comparten inquietudes y su visión del fútbol es muy similar, reciben críticas parecidas y asumen igualmente sus errores en soledad, son “cabeza de turco” en muchas derrotas y raramente hay coincidencia sobre sus actuaciones… Sin duda hay más cosas que les acercan de las que les alejan.

 

Pero aparece en ellos una especie de “Síndrome de Estocolmo” en donde muestran un extraño afecto por el que en realidad es “su verdugo”, su entrenador, descargando así sus inconformidades por su no titularidad sobre su compañero.

Resulta curioso observar cómo, en algunos casos, el portero que no juega habitualmente valora de forma subjetiva e interesada las acciones e intervenciones de su compañero. En el banquillo, y con el poder que le otorga sentirse “el más sabio sobre la portería”, realiza comentarios que lejos de sumar y reforzar al grupo, agrietan y desestabilizan la confianza de los compañeros, en los compañeros; aprovechan momentos de trabajo específico individual para infravalorar la actuación de su compañero o subestiman el rendimiento de su igual en favor de su persona.

 

Y esto ocurre en porteros de todas las edades, de todas las categorías y de todos los países.

 

Y en tanto en cuanto transcurre esta confabulación de ideas y acciones, más propias de un personaje maquiavélico que de un deportista, la atención se dispersa, el camino se alarga y los objetivos se alejan.

Y es que cuando anteponemos el egoísmo al trabajo de conjunto, la ambición personal al crecimiento colectivo y la arrogancia a la unidad, uno se derrota a sí mismo y traiciona la confianza del que se la dio.

 

Por el carácter que he ido conformando a lo largo de todos estos años con los valores que mis padres, profesores, entrenadores y aquellos que me rodeaban, me han ido transmitiendo, he hecho de este valor, el valor supremo y al que yo le pondría música de Champions y estrellas: El respeto.

 

Descubramos el placer de compartir y el orgullo de contribuir a los éxitos de nuestro equipo, desde el respeto a nuestros iguales, ampliando el zoom de la generosidad y desarrollando la empatía por nuestros compañeros. Volemos o nademos, pero sepamos vivir como hermanos.

 

Un porteabrazo.

 

@MartinRuiz_EP