De noches frías y sueños cálidos

   Que la constancia es base para los logros es harto conocido por todos, como que para vencer hay que marcar, o que para “saber ganar” hay que haber sufrido la derrota.

Han sido muchos los que han puesto el acento en la constancia, desde Pitágoras a la Madre Teresa de Calcuta, pasando por Séneca, Plutarco, Shakespeare, Nietzsche o Gandhi.

La Real Academia de la Lengua Española define constancia como firmeza y perseverancia del ánimo en las resoluciones y en los propósitos.

Me gustaría completar tal definición con mi propia reflexión: Valor no nato que se desarrolla y potencia en un contexto de sacrificio a la vez que devoción y ambición, y que permite al que lo posee llegar donde los demás no tuvieron la paciencia necesaria, las ganas precisas, o simplemente, la ilusión suficiente por alcanzarlo.

 

   En el “mundo” del fútbol es relativamente fácil “coquetear” con categorías y equipos profesionales, participar en encuentros y torneos de máximo nivel en divisiones inferiores, asistir a selecciones y pruebas… Pero solo unos pocos de esos “galanes” terminan asentados en el fútbol profesional. Y lo curioso de esto, que todos ellos, preguntados que les llevó a alcanzar su sueño, indican que fue su constancia. Indudablemente existieron otros factores, pero quisieron destacar este y no otro como el andamiaje sobre el que construyeron su éxito, probablemente porque fue el que más esfuerzo les exigió y de más cosas les privó.

 

   Como “jugador de campo” (así llaman generalmente a los jugadores que no ocupan la posición de portero –como si el portero no jugara en el campo-), uno sabe que, en circunstancias normales, tiene opciones de juego cada semana, cada partido (si el míster decide jugar con línea de cuatro, yo puedo ser uno; si el míster prefiere mantener o cambiar la base del último partido, yo puedo ser uno; si el míster…., si el míster…) Siempre hay opciones, y bajo esa premisa, cada jugada, cada entrenamiento, es una constante oportunidad que da esperanza al trabajo y alienta a la constancia.

 

Pero no hay tantas oportunidades cuando uno es portero. Por eso, es en él donde el valor de la constancia adquiere su máxima expresión. No es fácil ser constante cuando sabes que tus posibilidades de jugar se reducen a una desgraciada lesión de tu compañero o una sanción; ni cuando tus sueños te visualizaron en un estadio pleno de focos y aficionados, y entrenas en un campo sin apenas luz y a las órdenes de un entrenador que nunca te dedica más de diez minutos al final de alguna sesión; como no es fácil ser constante en el esfuerzo, cuando en los entrenos, los elogios del entrenador a las paradas de tu compañero hacen retumbar tus tímpanos, mientras las tuyas pasan desapercibidas; o cuando la mayoría de tus compañeros te responsabilizan de una derrota de la cual ellos tuvieron tanta o más culpa que tú.

 

Pero, probablemente, sea este contexto el que invita a buscar el verdadero sentido de lo que uno hace. Como decía Diccipauli: “En el silencio descubres la constancia de tu ser”; y de esa búsqueda interior, surge el convencimiento necesario para mirar hacia adelante, crecer hacia arriba y trabajar hacia el futuro.

Son muchos los jugadores-porteros (me gusta más esta definición) que cada día, cada noche, en campos de césped “pelado”, en una esquina del mismo, con mini-vestuarios de duchas frías en invierno y calientes en verano, con sueldos indignos o siquiera sin ellos, despliegan la bandera de la constancia y engrandecen la valía de su figura. Jugadores-porteros que salen a entrenar en las frías noches de invierno y en las sofocantes pretemporadas de verano con el ánimo excelente de comprometerse con el trabajo que les toca, en la convicción de que este les acercará a su meta, ya sea personal, ya sea profesional. Jugadores-porteros que no están dispuestos a dejar un sueño atrás por el simple hecho de vivir entre circunstancias adversas. Porteadores de ilusión, humildes en la constancia y generosos en el esfuerzo. Porteros.